Juan Huertas
Creatividad, comunicación y otras perversiones
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Desmontando a Miley



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Sin duda, lo suyo tiene mérito. Hasta el momento, tal grado de unanimidad solo lo había alcanzado el olor de la coliflor al cocer, las visitas al dentista y la declaración de la renta. Miley Cyrus ha tenido el gran acierto de disgustar a (casi) todo el mundo. Progresistas y conservadores. Modernos y clásicos. Todos odian a Miley. Pero ¿por qué? ¿Qué es lo que hace que medios tan dispares como El País, El Mundo, ABC y jenesaispop.com, por poner unos ejemplos patrios, coincidan por una vez en algo? ¿Qué ha hecho esta chica para soliviantar a damas como Annie Lennox y Sinead O'Connor? ¿Qué pecado ha cometido para que el colectivo gay, tan dado a subir a los altares a las divas maestras en el arte del escándalo, le haya dado la espalda?

Realmente no ha hecho nada nuevo. Absolutamente nada. No es la primera que hace uso de su sexualidad para quitarse el sambenito de “niña Disney”, no es la primera en ser fotografiada medio en bolas por Terry Richardson, no es la primera en darle al twerking y en hacer vídeos musicales muy subidos de tono y, definitivamente, no es la primera en utilizar la entrega de los VMA de la MTV como plataforma de promoción a través del escándalo.

Ah, la gala en Brooklyn. Esa actuación que provocó un cataclismo en las redes sociales y en los medios de comunicación de tal magnitud que fue capaz de borrar del mapa informativo a Siria y el recule de la intervención en el conflicto de la administración Obama.

Lamentable, bochornoso, repugnante… Estos y muchos más fueron los adjetivos que durante esos días pudimos leer sobre la actuación. Incluso el New York Times dijo que "llegó a abusar y acosar sexualmente a Robin Thicke". ¿En serio? ¿Estamos hablando del mismo tipo que hace vídeos como este?

Esto me lleva a una reflexión. Posiblemente la razón a todo esto la podemos encontrar en el hecho de que vivimos en una sociedad eminentemente hipócrita e idiotizada, con unos guardianes de la corrección que se esconden tanto a la derecha como la izquierda dispuestos a disparar a lo primero que se menea (nunca mejor dicho), en unos medios necesitados de un contenido barato que sea capaz de llenar pantallas y páginas y a un público que le encanta asistir y participar en grandes autos de fe.

Y a todo esto, ¿qué pensará Miley? Seguramente estará muy satisfecha del trabajo de su equipo de marketing y de ella misma, porque tu estrategia ha tenido el éxito que buscaba. Ya nadie se acuerda de Hannah Montana. Sus vídeos arrasan en visionados. Todo el mundo habla de sus actuaciones. Su último disco es número uno en muchos países. Y cada vez que se dedica el espacio de un informativo, columna o blog a hablar de ella, la promoción sigue su curso (¡gratis!) y los dólares siguen registrándose en la caja.

¿Todo el mundo odia a Miley? No. La odian los que la tienen que odiar, y eso provoca que la amen los que la tienen que amar. La duda es saber si serán capaces de mantener durante mucho tiempo la polarización necesaria para que la máquina no pare.

 

Juan HuertasComment