Juan Huertas
Creatividad, comunicación y otras perversiones
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Un blog sobre comunicación, creatividad, publicidad y otras perversiones.

Blue Cristine (de Borbón y Grecia)

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¡AVISO SPOILERS!

Si Woody Allen hubiese pasado más tiempo en su querida Oviedo, por ejemplo, quizás su última (gran) película sería distinta.

En vez de situar en Nueva York y San Francisco su retrato sobre la podredumbre de un sistema económico depredador sin límites, quizás la acción se hubiese desarrollado en Barcelona y Madrid.

Cambiaría Park Avenue por Pedralbes y el chic de la Gran Manzana por el seny catalán. Cambiaría alguna que otra cosa más porque el casticismo cutre y rancio de una trama de corrupción en el que está implicada una familia real y una cohorte de políticos arribistas sedientos de poder y dinero le proporcionaría al viejo genio grandes posibilidades narrativas.

Pero hay algo que no cambiaría, que es el gran recurso que ha encontrado Woody Allen para lanzar con su sutileza habitual ese misil de profundidad que es Blue Jasmine: el papel de la esposa del mangante.

Estas dignísimas mujeres hacen gala de una ignorancia y una estupidez tan supinas como fingidas mientras disfrutan de una vida a todo trapo, de Chanel a Louis Vuitton. Cuando les preguntan, habitualmente un policía o un juez, declaran que el dinero caía del cielo gracias a la genialidad de sus maridos en las finanzas, que no sabían qué firmaban, que no conocían a esos amigos con los que compartían fiestas y negocios, y en definitiva, que ellas con vivir y gastar tenían más que suficiente para ocupar su pequeño cerebro.

Pero al final parece que hay algo que diferencia definitivamente a nuestras dos damas. Cuando la cornamenta con la que le obsequia su marido se hace pública y notoria, Jasmine decide vengarse en una especie de harakiri económico que le sirve además para saldar cuentas con la justicia.

Cristina, haciendo gala de esa educación tan católica, apostólica y romana que ha recibido como buena Borbón que es, es capaz de sobreponerse a la infidelidad y al escarnio para seguir abrazándose a su marido mientras ambos se hunden en el lodazal.

Por ahora.

Juan HuertasComment